El Cáncer continúa siendo una
enfermedad misteriosa y fatal: A pesar de que los avances de
la ciencia han disminuido el índice de mortalidad o han
aumentado la supervivencia, representa la segunda causa de muerte
en los EEUU, generando aproximadamente 550.000 óbitos
anuales. Se estima que en los próximos años superará a
las cardiopatías para convertirse en la primera causa
de muerte.
Estadísticas globales, señalan
que el 40% de los pacientes sobrevive los 20 años posteriores
al diagnóstico, teniendo en cuenta un parámetro
clínico fundamental, que es la detección precoz,
particularmente la mamografía en mujeres y el dosaje de
PSA (antígeno prostático específico) en
varones, para la detección de tumores de mama y próstata,
respectivamente, que son además los de mayor incidencia
por sexo.
Los especialistas consideran a los factores
emocionales como claves en su aparición y desarrollo,
postulándose en general una depresión profunda
como cuadro clínico subyacente y no reactivo frente al
diagnóstico, con afectación del sistema inmune
y la consiguiente aceleración del crecimiento tumoral
así como el avance de la enfermedad neoplásica
en general, con producción de metástasis y recidivas.
La célula normal y la cancerosa no son
fundamentalmente distintas: mientras una crece y se reproduce
bajo determinadas condiciones, la otra lo hace en forma anárquica.
Una de las hipótesis más elaboradas
es la de la célula iniciada o transformada, en la que
por diferentes motivos, se ha producido un salto, una modificación
en el material genético que controla la proliferación,
la maduración, el patrón metastásico y la
senescencia celular.
Aunque la mayor parte de los cánceres
se producen por mutaciones que ocurren en las células
normales del huésped (mutaciones somáticas), algunos
de los genes que contribuyen a la transformación maligna
han sido reconocidos mediante el estudio de familias que tienen
un elevado riesgo de cáncer en diversos órganos.
Un ejemplo de estas mutaciones de las líneas germinativas
incluyen las mutaciones en el gen p53 (síndrome de Li
Fraumeni), el gen RB1 (retinoblastoma) y el gen APC (poliposis
adenomatosa del colon). En estas mutaciones, a menudo participan
los oncogenes (que comienzan a funcionar gracias a la mutación),
los genes supresores de tumores (que contribuyen a la neoplasia
a través de la pérdida de función) y los
genes de los mecanismos de reparación del ADN (que cuando
sufren una mutación, no pueden corregir los errores de
duplicación del ADN). Pequeñas modificaciones en
la configuración del ADN le causan a la célula
huésped la transformación maligna: crecimiento
y división celular.
Esta iniciación celular todavía
no es capaz de desarrollar todo el proceso, de hecho, la reproducción
celular permanente permite la aparición de elementos "diferentes",
pero que no tienen ningún porvenir y son eliminados por
diversos mecanismos. Aquí aparece en escena la Oncoinmunología,
y la pregunta que uno se formula es: ¿el crecimiento de
un tumor o la propagación de un cáncer, denota
un fallo en la vigilancia inmunológica del sujeto? ¿Cómo
es posible que un sistema protector del organismo permita el
desarrollo de una neoplasia?
La inmunovigilancia es la situación por
la cual el organismo se defiende de las agresiones externas e
internas, dando lugar en relación al cáncer, a
que el huésped tenga para con el tumor una actitud indiferente,
de rechazo o hasta de facilitación.
El cáncer se desarrolla cuando una célula
acumula cambios en los genes que controlan el crecimiento y la
supervivencia celular. Normalmente, cuando una mutación
es irreparable, la célula afectada se autodestruye antes
de volverse peligrosa. Pero si no muere, ella y sus descendientes
pueden acumular cambios como para crecer descontroladamente y
dividirse.
La salud de todos los organismos pluricelulares,
incluidos los humanos, depende no sólo de la producción
de nuevas células, sino de que sus células puedan
autodestruirse cuando carecen de función o sufren una
alteración. Este fenómeno crítico se denomina
apoptosis o muerte celular programada. La regulación aberrante
de este mecanismo, que puede determinar un exceso o un defecto
de suicidio celular, contribuye a patologías muy diversas,
desde la artritis reumatoide, pasando por el SIDA, la enfermedad
de Alzheimer y por supuesto, el cáncer.
La maquinaria letal está puesta al servicio
de la preservación del organismo en su conjunto, ya que
impone el autosacrificio en los casos de pérdida de función
o peligrosidad de la célula.
En griego clásico apoptosis significa
caerse, como caen las hojas de los árboles en el otoño.
A diferencia de la necrosis, donde la célula es una víctima
pasiva, esta forma de muerte es activa y requiere que la célula
gaste energía en su propio ocaso. La mayoría de
las células fabrican una serie de proteínas que
se utilizan como armas autodestructivas. Se trata de unas enzimas
que degradan proteínas, denominadas proteasas de tipo
ICE, por su semejanza a la enzima transformadora de la interleucina
1, que fue el primer miembro del grupo que se descubrió.
En la autoinmunidad, las células inmunitarias
no mueren cuando se supone que deberían hacerlo. En el
cáncer, son las células tumorales las que dejan
de autosacrificarse. De hecho, la definición de cáncer
cada vez se acerca más a la de una patología en
la que se produce una excesiva proliferación celular,
unida a una pérdida de capacidad destructiva.
En muchos tumores, el daño genético
parece que impide que se induzca la apoptosis, ya que sus células
han inactivado el gen que cifra la proteína P53. Esta
proteína conduce a la activación de la maquinaria
apoptósica de la célula cuando el ADN sufre daños.
En más de la mitad de los tumores sólidos, incluidos
los de pulmón, colon y mama, falta la proteína
P53 o no es funcional.
Las células que alcanzan el estado canceroso,
podrían eliminarse por otros inductores apoptósicos.
La tendencia de las células normales a suicidarse cuando
les faltan sus factores de crecimiento normales o el contacto
fisico con sus vecinas, constituye un mecanismo de defensa contra
las metástasis. La rápida activación de
la apoptosis en las células tumorales que abandonan su
tejido originario, erradica presumiblemente a muchas células
metastásicas antes de que tengan alguna posibilidad de
desarrollo. Pero las células cancerosas se adaptan para
volverse insensibles a los efectos apoptósicos de la falta
de factores de crecimiento y la pérdida del contacto célula-célula.
Otras proteínas relacionadas con este
mecanismo letal, se ven comprometidas en los estados malignos.
En varios tipos de cáncer, ciertos linfomas por ejemplo,
se impide la muerte celular mediante una síntesis desmesurada
de Bcl-2, la proteína inhibidora del suicidio. Esta proteína
protege a las células cuya pérdida sería
devastadora para el organismo, pero esta protección tiene
un alto costo, ya que si las células en cuestión
se tornan cancerosas, engendran tumores más agresivos.
Consideremos los melanocitos, células
productoras de melanina. Este pigmento oscurece a otras células
de la piel y previene los efectos causados por la absorción
de dosis letales de luz solar. Si los melanocitos muriesen fácilmente,
correrían peligro las otras células, por eso los
melanocitos fabrican grandes cantidades de Bcl-2. Sin embargo,
cuando ellos mismos resultan genéticamente dañados,
no son tan propensos al sacrificio como otras células
de la piel, y al malignizarse tienden a constituir tumores muy
agresivos que se propagan con celeridad.
La teoría psicoanalítica sostiene
que todos estos hechos celulares y los mecanismos biológicos
que se ponen en marcha, tienen expresión psíquica.
Cáncer, del griego Karkinos, es lo que
corroe, corrompe o consume, cáncer es lo que mata. La
paradoja esencial es que mata por lo que no muere cuando debe
morir en el sujeto, mata porque hay un desacato primordial. En
la estructura psíquica de estos pacientes subyace un delirio
de inmortalidad.
En su artículo Psicoterapia por el espíritu,
Freud propone un concepto de muerte donde ésta siempre
es un hecho psíquico, sobredeterminado por la historia
del sujeto. "El sujeto biológico muere cuando el
sujeto psíquico deja de desear", dirá, para
expresar que la función deseante está en una relación
fundamental con la muerte, que lo que cesa en el hombre no es
la actividad cardiorrespiratoria, sino el deseo.
La producción de un cáncer sitúa
al paciente en el lugar de un sentenciado, lo deja sin futuro,
amenazado por una muerte anticipada y con padecimiento.
El canceroso se dispone a morir al estilo del
melancólico, que al no aceptar lo perdido es lo perdido,
sólo que en el cáncer el objeto amoroso es el propio
cuerpo inmortal.
Ella, la célula, trabaja para sí misma
en la cadena de transmisión, fuera de la función
para la que está destinada, fuera de la Ley.
Pervierte el código asegurando así su
propia vida en una producción ilimitada, inútil
y potencialmente letal para el organismo en su conjunto.
El paciente canceroso elige la mortificación
de la carne por la pulsión autodestructiva, antes que
someterse al significante para ser sujeto del lenguaje.
Ella, presa de su egoísmo narcisista,
detenida en la parcialidad pulsional, no se subordina al orden
fálico.
Desorden, anarquía, locura celular y
un enemigo endógeno que actúa en plena libertad,
en connivencia con un sistema inmunológico cómplice
del desacato. La desobediencia primordial que denota este mecanismo
de cascada que irá a desembocar en la muerte, nos remite
a pensar en el mecanismo de forclusión del Nombre-del-Padre.
La prohibición del incesto es universal,
lo peculiar en cada uno será su modo de aceptar o transgredir
esta Ley, en los modos de renunciar al deseo. Así, se
tratará de un deseo prevenido en las fobias, insatisfecho
en la histeria, detenido en la perversión y deseo forcluido
en la psicosis.
Ella, "la loca", triunfa sobre la
muerte, enarbola su sueño de inmortalidad para lo cual
es preciso contar con una vigilancia perversa que desvía
la mirada de su función con un alto coste para el sujeto:
su propia vida.
El padre impotente de la histérica, el
padre potente de la homosexual, el padre omnipotente del psicótico,
dan cuenta en la clínica de la importancia de la función
paterna, metaforizada en el sujeto como Nombre-del-Padre, significante
fuente de la significación fálica. Cuando hay forclusión
del Nombre-del-Padre se produce disolución imaginaria,
se instaura la psicosis.
Freud produjo el último mito de Occidente,
el mito del Padre muerto, el padre inasesinable, en tanto muerto
el padre, nada está permitido. Decir el Padre muerto consolida
la Ley. El Nombre-del-Padre es el nombre del Padre muerto. La
prohibición del goce de la madre se produce a partir del
padre muerto. Cuando Edipo descubre que ha asesinado al padre,
la madre queda prohibida. El mito muestra así que la condición
del Goce es el asesinato del padre. Edipo paga el precio de la
castración no sólo quedando condenado a sufrirla,
sino siendo la castración misma. He aquí la renuencia
del canceroso, he aquí su insurrección y su condena.
En su obra Introducción al narcisismo,
de 1914, Freud sostiene que el sujeto es el portador mortal de
una sustancia quizás inmortal. Esta condición es
lo que lo liga a la especie, aceptando la ley de reproducción
sexuada que le indica que algo debe perderse en él, de él,
para que la especie sobreviva. Se trata de un saber acerca de
la propia muerte, se trata de renunciar a la inmortalidad.
Nuestra cultura, avalada incluso por el curso
de la ciencia, considera la muerte como un fenómeno tabú,
no perteneciente al ciclo de la vida.
El psicoanálisis se atreve a sostener
que en el inconsciente, cada uno de nosotros está convencido
de su propia inmortalidad, la muerte propia no tiene representación.
Pensar el cáncer como una idea mortal
abre una expectativa de trabajo apasionante para tratar la enfermedad,
un más allá de la clásica concepción
de una psicoterapia complementaria al tratamiento médico.
El psicoanálisis nos conduce hacia los determinantes inconscientes
de haber enfermado, sin limitarse a lidiar con el sufrimiento
psíquico, que se interpreta como una consecuencia patoneurótica
de la enfermedad.
La experiencia recogida confirma lo que la oncología
actual, a partir de los descubrimientos en el área de
la inmunología, afirma con énfasis: debemos reemplazar
el acento de nuestras indagaciones desde la enfermedad denominada
cáncer, hacia el enfermo canceroso.
El Dr. Miguel Menassa sostiene que para enfermar
es necesaria una capacidad. Agregamos que para enfermar de cáncer
es necesaria una gran capacidad que el psicoanálisis puede
leer, interpretar desde la estructura psíquica del sujeto,
situándose de esta manera en la línea de prevención.
El diagnóstico de una enfermedad letal
será recibido de acuerdo a la personalidad premórbida
del sujeto, con reacciones paranoides, de pánico, depresión
o fenómenos de despersonalización y el psicoanálisis
podrá mostrarse efectivo en cualquier caso.
Sin embargo, se trata de otro orden de comprensión,
de un nuevo nivel de objetividad, que reconstruya a partir de
los efectos y no que suponga que el conocimiento de todas las
causas pueda conducir al control de la enfermedad.
Aceptada la castración, el sujeto elegirá encontrarse
con la muerte por el camino más largo, el camino de la
vida.
Numerosos laboratorios se hallan abocados al
diseño de nuevos fármacos para influir sobre los
procesos de autodestrucción celular, favoreciéndolos
o inhibiéndolos. "Los biólogos, -dice Freud-
deben avanzar todo cuanto puedan. Nosotros también debemos
avanzar, algún día nos encontraremos".
Hemos trabajado hasta aquí las estructuras
psíquicas que subyacen al desarrollo de una neoplasia:
psicosis y perversión, en sus enlaces con el sistema inmunológico.
Vamos a plantear ahora la relación entre
el cáncer y la depresión, teniendo en cuenta por
un lado, el concepto de inmunovigilancia y su papel en el desarrollo
de tumores, que ha sido tratado en páginas precedentes
y por otro las observaciones clínicas. Estas últimas
demuestran que el paciente canceroso es un paciente inmunodeprimido,
es decir, que su sistema inmunológico falla, por eso son
tan proclives a padecer infecciones. Además, los pacientes
con inmunodeficiencias congénitas tienen un riesgo más
elevado de padecer cáncer que el resto de la población.
Podemos concluir que la inmunodepresión, con el consiguiente
fallo en la inmunovigilancia, juega un importante papel en la
génesis del cáncer y una vez establecido el mismo,
también en su curación. De hecho la terapia inmunomoduladora
(fármacos que potencian el sistema inmune), se está investigando
en la lucha contra el cáncer, con resultados prometedores.
Los aportes de la Psiconeuroinmunología
de los últimos años han demostrado que el sistema
inmune es altamente influenciable poMo psíquico. Hay varios
ensayos donde se relaciona el grado de depresión del sujeto
con la actividad de sus linfocitos, y su capacidad de respuesta
a la neoplasia.
Es decir, que cuando el sujeto está deprimido,
su sistema inmunitario también lo está, como expresión
del mismo fenómeno patológico, y este estado de
inmunodepresión facilita, a través de la inmunovigilancia,
el crecimiento de las células tumorales y además,
por fallo en la lucha posterior contra el tumor, permite el crecimiento
y el mantenimiento del mismo.
En cuanto a la epidemiología del cáncer,
en 1996 se diagnosticaron 1.360.000 nuevos casos (756.000 varones
y 595.000 mujeres) en EE.UU. Como hemos indicado anteriormente
es la segunda causa de muerte en el mundo, después de
las cardiopatías, añadiendo que la incidencia del
cáncer va en aumento, mientras que la muerte por cardiopatía,
sobre todo por infarto agudo de miocardio, está disminuyendo.
Clásicamente se ha visto una asociación
entre depresión y cáncer. Uno de los tumores que
se vincula más directamente es el de páncreas,
pero según la concepción médica sería
el diagnóstico y la asociación por parte del paciente
con la idea de enfermedad mortal lo que provocaría la
depresión. Se plantea el cáncer como etiología
de la depresión en un modelo de causa-efecto. Nuestro
planteamiento sostiene en cambio que la depresión podría
ser la causa del cáncer, aunque no es exactamente un modelo
de causalidad el que sustentamos, porque esto sería establecer
una separación entre psíquico y somático
que en realidad no existe. No es que no existan la psique y el
soma, sino que son inseparables. No traemos lo psíquico
como causa de lo somático, sino que planteamos el cáncer
como una expresión en el cuerpo de la depresión
en el psiquismo.
El ensayo médico más clásico
en el estudio de esta vinculación lo aporta Spiegel, en
1981, donde se demostró que el tratamiento psicológico
de estos pacientes mejoraba su calidad de vida de manera importante.
Trabajos posteriores hasta 1999, han intentado demostrar además
una prolongación de la supervivencia, y algunos lo han
conseguido para un subgrupo de pacientes.
En un trabajo realizado entre 1984 y 1988 en
hospitales franceses, por "psicosomatólogos" del
equipo de Pierre Marty, sobre 122 pacientes portadoras de cáncer
de mama, mediante un estudio retrospectivo (es decir, investigando
los procesos previos al desarrollo del cáncer), se estableció que
un duelo mal elaborado se asociaba con un riesgo casi once veces
mayor de desarrollar cáncer de mama que en la población
general.
Muchos autores se sorprenden de que los pacientes
conserven este humor deprimido años después de
la curación definitiva del tumor. Sin embargo esta observación
no les lleva a plantearse que la depresión pudiera ser
la condición previa del paciente, y esto se debe a que
la concepción de la medicina es la de la enfermedad orgánica
como causa de la patología psíquica, y muy pocas
veces se acepta al cuerpo participando de los procesos psíquicos.
No obstante, esta cuestión está siendo actualmente
investigada en diversos centros oncológicos de todo el
mundo.
Para el psicoanálisis, la depresión
se estudia en forma paralela al duelo, que se define como la
reacción ante la pérdida de un objeto amado, ya
sea una persona o un ideal como la patria, la libertad...
Tanto en la depresión como en el duelo,
hay una pérdida del interés por el mundo circundante,
una inhibición que puede recaer en cualquiera de las funciones
del sujeto, ocasionando por ejemplo insomnio o anorexia. Pero
este cuadro clínico no es la manera en que se presenta
más frecuentemente la depresión. En medicina se
conoce como "depresión enmascarada" aquella
que debuta con múltiples síntomas somáticos,
para los que no se encuentra etiología orgánica,
y que mejoran con el tratamiento de la depresión.
La diferencia más significativa entre
el duelo y la depresión, son los supuestos autorreproches
que se dirige el deprimido y que nunca escucharemos dirigirse
a una persona en duelo. En realidad, los reproches que se hace,
parecen no corresponder a su persona, y es observable en todos
los casos que están destinados al objeto perdido.
La depresión siempre se establece como
el duelo, frente a una pérdida, la diferencia es que en
el duelo el sujeto sabe lo que ha perdido, mientras que en la
depresión no sabe lo que ha perdido y si lo sabe, no sabe
lo que con ello ha perdido.
Para no abandonar al objeto, se identifica con él,
lo incorpora a su yo. Se dice que el objeto ha caído como
una sombra sobre el yo. Se trata de una identificación
de carácter narcisista, única manera de explicar
que la libido tan ligada al objeto, pueda tan fácilmente
retrotraerse al yo, es decir, que la elección de objeto
ya se realizó bajo una forma narcisística: el objeto
amado es lo que el sujeto fue, lo que es, lo que desearía
ser. Podemos decir que el yo, después de esta identificación,
es el objeto perdido.
En los sentimientos de repulsión y aversión
que surgen hacia las personas extrañas, podemos ver la
expresión de un narcisismo que tiende a autoafirmarse,
y se comporta como si cualquier desviación de sus propiedades
fuera una crítica contra las mismas y una invitación
a modificarlas (narcisismo de las pequeñas diferencias).
Toda esta intolerancia desaparece en la masa, en la cual mientras
la formación se mantenga, unos sujetos toleran las particularidades
de los otros. Tal restricción del narcisismo no puede
ser provocada más que por un sólo factor, que es
el enlace libidinoso a otras personas.
En el cáncer hay una pérdida del
altruismo celular, una regresión a un estado donde impera
el narcisismo.
La identificación que se menciona previamente,
que acontece en la melancolía para conservar el objeto
perdido, es desde el principio ambivalente, y puede concretarse
tanto en sentimientos cariñosos como en un deseo de desaparición
del otro, sobre todo cuando ese otro es el objeto que lo ha abandonado.
Se comporta como una ramificación de la fase oral del
desarrollo de la libido, durante la cual, el sujeto se incorporaría
al objeto amado comiéndoselo, y al hacerlo así lo
destruiría.
Luego los reproches que se dirige el melancólico
en realidad van dirigidos al objeto perdido incorporado a su
propio yo, y no sólo los reproches sino la autoagresión,
que puede llegar hasta el suicidio. En este sentido el deprimido
es un asesino tímido, no es a él a quien mata cuando
se mata, sino al objeto perdido.
Esta regresión al narcisismo en el paciente
deprimido es una condición fundamental para la génesis
y evolución del tumor, puesto que para la conservación
de la vida es necesario que algunas células mueran para
que el resto del organismo sobreviva. Si se pierde este altruismo
celular es el sujeto el que muere.
A esta altura del desarrollo teórico
deberíamos replantearnos si la inmunodepresión
facilitadora de la proliferación tumoral no será una
inmunodepresión relativa, es decir, que incluso con un
sistema inmunitario competente, existe una célula que
consigue burlarlo.
El sistema HLA, se compone de una serie de proteínas
que expresadas en la célula, permiten su reconocimiento
por el sistema inmunológico. Estas proteínas, que
son las señas de identidad de las células, sirven
tanto para reconocerlas como propias y no atacarlas como para
destruirlas cuando están mutadas o infectadas por virus.
Las células cancerosas son capaces de
no expresar estos antígenos de histocompatibilidad, y
de esta manera escapar al destino mortal que les esperaba.
Hay tres tipos de identificación: una
primera, la identificación al padre que es la constitutiva
del sujeto, la que constituye el ideal del yo. Una segunda que
es una identificación al objeto, a un rasgo del objeto,
no a la totalidad, y una tercera, la identificación al
deseo, que se denomina identificación histérica,
si bien las tres formas se dan en todo sujeto.
La identificación melancólica
es posterior a la elección de objeto. El sujeto se identifica
con el objeto amado y perdido, lo incorpora a su yo, lo cual
implica una regresión ya que la identificación
primera es lo que permite la elección de objeto, y una
vez llevada a cabo la elección, hay una regresión
a la fase de identificación, y toda regresión conlleva
una defusión, una separación de la pulsión
sexual y la pulsión de muerte, que trabajan siempre juntas
para la conservación de la vida. Todo Eros, moriríamos
en el abrazo, es necesario Tánatos, la puntuación,
eso que viene a marcar el final del abrazo, la posibilidad del
comienzo de otros abrazos. Esta identificación regresiva,
deja libre la pulsión de muerte que, por fin, acabará con
la vida del sujeto.
Preso de la melancolía, el sujeto parece
autocriticarse continuamente, cuando en realidad critica al objeto
perdido, pero toda crítica tiene que ver con un sentimiento
de culpa. El sentimiento consciente de culpabilidad reposa en
la tensión entre el Yo y el Ideal del Yo, es la expresión
de una condena del Yo por su instancia crítica. En la
melancolía el Superyo ha atraído hacia sí la
conciencia, pero aquí no se atreve el Yo a iniciar protesta
alguna, se reconoce culpable y se somete al castigo.
En la neurosis obsesiva, donde también
existe un poderoso sentimiento de culpa, vemos que el sujeto
no acepta este sentimiento de culpabilidad, como lo hace el melancólico,
sin protesta alguna.
Esto se debe a que en la neurosis obsesiva,
los impulsos reprimidos permanecen exteriores al yo, en cambio
la melancolía nos muestra que el objeto sobre el cual
recaen las iras del superyo, ha sido acogido por el yo. Es muy
frecuente que los pacientes cancerosos se pregunten qué han
hecho mal para tener esta enfermedad, se sienten de alguna manera
culpables, aunque en realidad es una culpa prestada porque sabemos
que el ensañamiento es contra el objeto perdido.
La depresión sería la defensa
del sujeto frente a la pérdida de objeto. El yo del sujeto
incorpora el objeto perdido, por identificación. El melancólico
llega al suicidio porque con ello asesina al objeto perdido.
Lo que da este carácter destructor a la relación
del ideal del yo con el yo, en el melancólico, es por
un lado la regresión, que provoca una defusión
de las pulsiones, separándose la pulsión de muerte
de la pulsión sexual, y por otro lado, la ambivalencia
de esa identificación primordial, que guarda a la vez
el amor al padre y la rivalidad de la competencia por el amor
de la madre. El cuerpo es el escenario en el que el melancólico
ejecuta el asesinato del objeto perdido, pudiendo llegar así a
la frase de que el cáncer es el medio por el cual el deprimido
consuma su suicidio.
Hemos planteado una hipótesis según
la cual la depresión podría estar en la base del
desarrollo del cáncer, habiendo de hecho varios trabajos
médicos en marcha bajo esta misma idea.
Como dice Lacan, las palabras son cuerpo sutil,
pero son cuerpo, están atrapadas en todas las imágenes
corporales que cautivan al sujeto, son las que preñan
a la histérica.
Cuando se trata del sujeto psíquico,
no es posible considerar al lenguaje sin lo pulsional, siendo
la teoría psicoanalítica el único modo de
acceso a lo pulsional, capaz de articular una práctica
que pueda acercar al sujeto otras maneras de gozar, sin lesión
orgánica. Para modificar esa frase que tortura al deprimido
tiene que serle restituida su capacidad de sustitución.
Además, hay otra cuestión digna
de ser trabajada. No todos los sujetos son capaces de padecer
cualquier enfermedad, hay en juego una sobredeterminación
psíquica inconsciente, hay que estar sometido a determinados
fantasmas, a determinadas frases, que lleven al paciente al desarrollo
o no de un cáncer y a la elección de una u otra
localización.
En el cáncer de endometrio, por ejemplo,
se describió una más alta frecuencia en monjas,
se estableció su relación inversa con el número
de hijos de las pacientes, siendo por último más
frecuente en mujeres que no mantenían relaciones sexuales.
Se trata únicamente de una hipótesis de trabajo,
pero quizá estas mujeres no hubiesen tenido necesidad
de enfermar aún sin haber sido madres, es decir que toda
mujer puede, si tiene el significante madre, ejercer la función
aunque no tenga hijos, como también puede ejercer la función
padre.
Un sujeto en análisis es capaz de construir
el significante de la falta en el Otro, de darse cuenta de que
es mortal por proceder de padre y madre, seres mortales, por
pertenecer a la especie humana.
Y saberse mortal, salva la vida.