ASPECTOS PSÍQUICOS
DE LAS RELACIONES DE PAREJA EN EL MALTRATO FAMILIAR
Resumen
Este es un tercer intento de aproximación desde el psicoanálisis
a una problemática compleja como es el maltrato familiar. Justificaremos
en esta comunicación porque preferimos la acepción de
maltrato familiar a otras como maltrato de género, violencia
machista, etc… Así mismo, se abordará la cuestión
de que, para llegar a una situación de maltrato, tiene que existir
previamente un determinado tipo (o tipos) de relación de pareja,
una concepción del amor particular, y esto, tanto por parte
del que infiere el maltrato como del que lo recibe. Además de
que el que lo infiere tiene un sentimiento de propiedad sobre el “partenaire”.
Analizaremos con el instrumento psicoanalítico, cuáles
son las condiciones previas que podrían conducir a estas situaciones
de maltrato.
Introducción
Nos pareció interesante comenzar con un pequeño matiz
acerca de los términos de violencia de género o machista
y violencia o maltrato familiar. Posteriormente, quisimos indagar
algo más en la noción de machismo y sus implicaciones
en el maltrato. Nos dimos cuenta tras analizar muchos casos y revisar
la literatura al respecto, de que la posición de la mujer
maltratada es una posición objetal y que el motor de todo
su cambio es haber conseguido o estar en el camino de conseguir una
posición de sujeto. Ello nos llevó a hacer una pequeña
revisión histórica de esa transición entre mujer
objeto y mujer sujeto.
Posteriormente analizamos sucintamente, y sin ánimo de concluir
nada definitivamente, sino para abrir caminos a la investigación,
los aspectos de determinados concepciones del amor y de las relaciones
de pareja que podrían estar en juego en el maltrato.
Fundamentos de la diferenciación entre maltrato de
género y maltrato familiar.
El maltrato familiar es un problema acuciante, siendo actualmente
la primera causa de muerte en mujeres europeas entre los 16 y los
44 años, por delante de los cánceres y de las enfermedades
coronarias. Podríamos decir que es un cáncer social.
Las autoras preferimos la acepción de maltrato familiar a
la de maltrato de género (sin mucha confianza en que esta
acepción se extienda en los círculos en los que el
tema ocupa y preocupa), porque la primera señala la relación
existente entre los dos implicados. No es cualquier hombre el que
ejerce el maltrato sobre cualquier mujer, sino que es el marido,
novio, exmarido, exnovio, es decir, un hombre que ha mantenido (o
mantiene) una relación amorosa con la víctima, una
relación familiar, el implicado en el maltrato.
Es decir, no es un maltrato de hombres sobre mujeres, sino de parejas
sobre su partenaire. Insistimos en esto, porque hay una tendencia
a equiparar hombre con maltratador y mujer con víctima, que
nos parece se refleja en el uso del término maltrato de género,
y es obvio que no todos los hombres son maltratadores ni todas las
mujeres víctimas.
Maltrato familiar sería aquel infringido en el seno de una
relación de pareja, independientemente del tipo de la misma.
Frecuentemente el maltrato se agrava cuando la relación por
parte de uno de los miembros, generalmente la mujer, se “rompe”.
Para el Psicoanálisis, no hay relación de objeto armónica.
El objeto genital, la ilusión de una" pareja perfecta" parte
de una particular interpretación del mito de Aristófanes
(que Platón recoge en el diálogo El banquete), del
cual se desprende la idea de la "media naranja". Según
este autor, habría existido un ser completo, esférico,
que poseía los dos sexos. Este ser habría sufrido una
escisión, y desde aquél momento, una mitad busca afanosamente
a la otra.
En todos los tiempos, la concepción que el hombre ha tenido
del amor ha sido resultado de una escritura. La dama, la mujer del
amor cortés fue una producción de los trovadores. Es
esa dama inmóvil, congelada, inerte, cuyo único propósito
es dejarse amar, ser adorada, ser objeto de amor del otro. Mujer
objeto.
Tuvo que llegar otra escritura: la escritura que funda el campo psicoanalítico,
para que Ella se preguntara por su deseo. La muñeca inanimada
de los trovadores, cobra vida y comienza su andadura como mujer deseante.
Una mujer que más allá de preocuparse por ser amada,
tarea en la que había empeñado hasta entonces su vida
(pues sabemos cuan alto precio pudo llegar a pagar por ese amor:
la escritora feminista Betty Friedan llega a decir que el amor es
el opio de las mujeres), se hace responsable de su deseo, de su capacidad
de gozar, de amar, de producir: Mujer sujeto.
Las necesidades sociales, con la revolución industrial y la
partida a la Primera Guerra Mundial de los hombres, que despobló las
fábricas, dieron el primer empujón a la mujer para
su introducción masiva en el mundo laboral. Sabemos que esa
introducción en el mundo laboral, junto con la posibilidad
de ser formada, son los pilares centrales sobre los que gira toda
la liberación femenina.
El machismo y su relación con el maltrato familiar
No hemos hallado un lugar donde quede claro qué es el machismo,
es obvio que todos tenemos una idea de ello, pero cuando queremos
argumentar algo más científicamente, la cosa no está tan
clara, así que vamos a intentar acercarnos a esta noción:
podemos decir que una actitud machista es aquella que discrimina
a la mujer, la menosprecia, o la considera inferior al hombre, pero
también hay machismo en otras actitudes disfrazadas de proteccionismo,
por ejemplo: antes del siglo XIX, se impedía a las mujeres
ejercer la Medicina, escudándose en que ellas eran más
débiles y por ende más susceptibles a las infecciones,
motivo por el cual no debían ejercer esta carrera, en pos
de proteger su salud.
Según el diccionario de la RAE el machismo es una actitud
de prepotencia de los varones respecto de las mujeres.
Como ya habíamos mencionado, no hay comportamiento humano
que no tenga su sustento en una escritura, así como tampoco
hay comportamiento humano en el que no haya un sustrato inconsciente.
¿Cuál es la escritura que sustenta el machismo? Ya Aristóteles
defendía en sus obras la superioridad del hombre sobre la mujer. Él
era ciudadano de la polis, mientras que ella no lo era. No parece que sea muy
correcto afirmar que Aristóteles era por ello machista, primero porque
la palabra ni existía entonces, y segundo porque hay que tener en cuenta
que quizás no había transcurrido el tiempo necesario para que
se comprendiera algo acerca de la mujer. Lo femenino, y con ello la aceptación
de la diferencia, es la última construcción de cada sujeto. ¿Por
qué iba a ser diferente para la Historia de la Humanidad? También
pensar lo femenino llevó y lleva su tiempo, porque no es algo que se
haya concluido ni mucho menos. Además, sus aportaciones a la lógica
o a otras áreas de la filosofía no tienen menos valor
porque haya errado al considerar a la mujer. Los progresos del pensamiento
y los hallazgos de la ciencia, no tienen sexo, los hayan realizado
hombres o mujeres, benefician por igual a hombres y a mujeres.
Sin embargo, siempre hubo hombres adelantados a su tiempo, p. ej.
Averroes, fiel seguidor en todo punto de las doctrinas de Aristóteles,
difirió de él en su concepción sobre la inferioridad
de la mujer. Fue quizás uno de los primeros pensadores que
escribió sobre la “igualdad de valor de hombres y mujeres”.
Con respecto al fundamento inconsciente de los actos humanos, recordar
que según Hopkins, reconocida experta en genética del
cáncer, y una activista contra la discriminación en
ciencia, hay ciertas actitudes machistas de un calado tan profundo,
que no son identificadas ni por las que lo sufren, ni por los que
lo ejercen, ella las denomina machismo inconsciente. Machistas inconscientes
podríamos decir que de alguna manera, en algún momento
y en alguna medida, somos todos, porque todos, tanto hombres como
mujeres, pasamos por un momento de menosprecio de lo femenino. Freud
nos lo interpreta, para que podamos otra cosa, para que podamos sobreponernos
como hombres y mujeres a ese menosprecio. Freud señaló las
diferencias sexuales, postuló que las diferencias anatómicas
no eran las únicas existentes entre hombres y mujeres, después
toda una corriente conocida como feminismo de las diferencias, apuntó hacia
esta aseveración de Freud, pero diferente no es peor o inferior,
es simplemente diferente. Tampoco todos los hombres son iguales entre
sí ni todas las mujeres entre ellas, incluso un hombre, una
mujer, son diferentes de sí mismos según sus circunstancias.
Por lo que se debe luchar, como insiste Friedan en su Mística
de la Feminidad es porque esa desigualdad no se traduzca en una desigualdad
laboral, económica, de acceso a la formación, etc.
Si se trata de lograr alguna igualdad es la de la equiparación
de los salarios.
El desprecio a la mujer, su repulsa y hasta el horror a ella se derivan
generalmente de avatares del proceso de la constitución del sujeto,
sea hombre o mujer, en relación al complejo de Edipo y al complejo de
castración, que presentan algunas diferencias para el niño y
para la niña. En el niño, el complejo de castración es
la salida (el final) del complejo de Edipo, mientras que para la niña
es la entrada en el complejo de Edipo.
Tanto en el niño como en la niña hay un momento donde
se atribuye a la madre falo. La prematuridad del niño/a hace
que le atribuya al ser que ocupa la función madre, una totipotencia.
La castración consiste en “desatribuir” a la
madre el falo y en renunciar a este primer objeto incestuoso (la
madre), deviniendo inconsciente la relación con él.
Esta operación tiene que ver con aceptar la intervención
paterna en la procreación.
Las respuestas a la pregunta que comanda la investigación
sexual infantil, ¿de dónde vienen los niños?,
pasarán por las teorías sexuales infantiles (en la
fase oral, la procreación tiene que ver con la ingesta de
algún alimento o, en la fase anal, los niños se paren
por el ano, etc.) y culminarán con el descubrimiento de la
existencia de la vagina y del coito: la llegada de lo femenino, el
reconocimiento de la diferencia sexual. Con este reconocimiento de
que como humanos procedemos del sexo, nos llega la mortalidad. Si
provenimos de padre y madre, pertenecemos a una especie que se reproduce
por sexuación, entonces, somos seres mortales. No obstante,
ya se puede hablar de una primera diferencia en la fase fálica,
donde hay una cierta subordinación a lo genital (más
concretamente al genital masculino), la diferenciación que
aquí se establece es del orden de fálico/castrado:
ambos fantasean: “Si la niña no lo tiene, es porque
lo ha perdido (ha sido castrada), o ya le crecerá”.
Es decir, en este momento hay un pequeño niño femenino
y un pequeño niño masculino, ambos en función
fálica. En esta etapa, para el niño/a hombres y mujeres
son iguales, todos fálicos, pero algunas mujeres “han
perdido el falo o aún no les ha crecido”. Tanto el niño
como la niña le atribuyen falo, no sólo a ambos sexos,
sino también a los objetos inanimados, así, en el caso
Juanito (un caso de Freud de fobia en un niño de 5 años,
donde nos muestra la teoría sexual infantil), vemos su curiosidad
en esta fase dirigida a los genitales del caballo pero, también,
al ver que el tren de vapor tiene un tubito debajo, por el cual expulsa
el agua, se agacha para observarlo y pregunta si esa es “la
cosita de hacer pipí del tren”.
Tras el complejo de castración, con la metamorfosis de la
pubertad, en la investigación sexual, se resignifica la existencia
de la vagina y del coito, quedando simbolizada la falta (realización
simbólica de la falta fálica). Lo que le falta al sujeto
es la inmortalidad, es un ser mortal por pertenecer a la especie
humana. Aquí también hay una aceptación de que
el mundo precede a cada sujeto, y seguirá habiendo mundo cuando él
desaparezca.
El horror a lo femenino, el desprecio a la mujer, tanto para el hombre
como para la mujer, estaría en relación con la falta
de “pene”, en tanto esto le recuerda al sujeto su propia
castración, su mortalidad.
Todos somos machistas, tenemos prejuicios arraigados contra la feminidad,
si queremos ser otra cosa, tendremos que hacernos cultos. Se dice
que detrás de cada hombre, siempre hay una mujer y es verdad:
la madre. El machismo es debido al desprestigio de la madre en la
constitución sexual infantil, con ella quedan desprestigiadas
todas las mujeres. La castración de la madre, que es la castración
del sujeto, que tiene que ver con quitarle esa atribución
de totipotencia, puede ser intolerable para el sujeto, y para seguir
creyendo que su madre es perfecta es necesario creer que todas las
demás mujeres son imperfectas, castradas o casquivanas.
El machismo es la vigencia de la sexualidad infantil en el adulto,
se trate de un hombre machista o de una mujer machista.
Si todos padecemos en cierta medida de machismo inconsciente, no
parece muy acertado decir que la violencia contra la pareja se produce
porque el hombre es machista, además del machismo, del desprecio
a lo femenino, deben existir otros condicionantes de la violencia,
como veremos en el curso del trabajo. Por eso el término violencia
machista no nos parecía tampoco el más acertado.
Notas históricas para pensar el paso de la posición
de objeto a la posición de sujeto en la mujer
No pretendemos resumir todos los triunfos que la mujer ha logrado
en los últimos siglos en tan breve espacio, así que
lo que vamos apuntar son sucintas notas.
Aunque siempre hubo mujeres que escaparon al destino que se preveía
para ellas de seguir los cánones sociales establecidos y podemos
ver en ellas exponentes de la liberación femenina, los ancestros
del movimiento feminista se suelen asentar en lo que se conoció como
La Querella, movimiento anterior a la Revolución Francesa.
La Querella de las mujeres fue un complejo y largo debate filosófico,
político y literario que se desarrolló en Europa durante
parte de la Edad Media y a lo largo de toda la Edad Moderna, hasta
la Revolución Francesa; es decir, hasta finales del siglo
XVIII. Fue un debate en el que muchos trataron de demostrar la "inferioridad
natural" de las mujeres y la "superioridad natural" de
los hombres.
Triunfa por entonces en las universidades europeas la teoría
de Aristóteles que se conoce como la "polaridad entre
los sexos". Señala que las mujeres y los hombres son
significativamente diferentes y que los hombres son superiores a
las mujeres. El triunfo de la ideología desprendida de esta
teoría, abiertamente hostil a las mujeres, en las universidades
se dio a partir de mediados del siglo XIII; cuando las obras de Aristóteles
se convirtieron en textos de lectura obligatoria en una de las principales
universidades de la época, la Universidad de París
(1255), Universidad a la que siguieron otras.
Se impuso, mediante el poder académico sobre otra teoría
que habían defendido escritoras muy importantes del siglo
XII como Herralda de Hohenbourg e Hildegarda de Bingen, que se llamaba
de la "complementaridad entre los sexos" y que decía
que los hombres y las mujeres son significativamente diferentes,
pero son iguales (en valor).
Esta situación cambió en torno al año 1400 cuando
intervino en la Querella, Christine de Pizan. Ella le dio a la Querella
de las mujeres, por primera vez que sepamos, contenidos feministas.
Desde ese momento, la Querella conservó esos contenidos feministas
y desarrolló otros nuevos mientras duró en Europa,
es decir, hasta la Revolución Francesa.
La obra de Christine de Pizan formula con claridad por primera vez
en Europa el proyecto de igualdad entre los sexos; una igualdad que
se entiende entonces como igualdad ante el conocimiento (no como
valor igual de lo femenino y lo masculino), y que se opone a la teoría
de la "polaridad entre los sexos" de Aristóteles.
Fueron importantes también del feminismo los escritos de Mary
Wollstonecraft, coetánea con el movimiento de la Revolución
Francesa, concretamente Vindicación de los derechos de la
mujer (1785).
Posteriormente, la Declaración de los Derechos de la Mujer
y de la Ciudadana (redactada en 1789 por Olympe de Gouges para ser
decretada por la Asamblea Nacional Francesa) pretendía devolver
a la mujer el lugar de ciudadana, que le había sido negado
en el discurso aristotélico.
Un paso importante para el feminismo americano fue la Declaración
de Seneca Falls (1848), que a pesar de su marcado tinte cristiano,
defendía sobre todo el derecho a la expresión de la
mujer y a su intervención en la toma de decisiones.
Todos estos fueron pasos importantes para a la mujer como sujeto,
paso que dio definitivamente el Psicoanálisis, como habíamos
señalado, haciendo posible pensar una mujer que se haga responsable
de su deseo, de su capacidad de gozar, de amar, de producir: Mujer
sujeto.
Sería conveniente diferenciar también feminismo de
hembrismo. La actitud que se le imputa a los machistas de menosprecio
a la mujer, en el hembrismo se atribuiría a las mujeres con
respecto a los hombres. El machismo no es un cuerpo de teorizaciones,
los hombres no han precisado nunca unirse para defender su discriminación
con respecto a las mujeres, pero sí está sustentado
en una escritura, en las producciones escritas de humanos. Defender
el hembrismo sería retornar a un mundo de superiores e inferiores
en relación al sexo, que es precisamente lo que se quería
desterrar desde los inicios del feminismo.
Las concepciones de las relaciones de pareja y su implicación
en el maltrato
Como hemos venido diciendo a lo largo de nuestra exposición,
para llegar al maltrato, es necesario pensar de una manera determinada –las
más de las veces inconsciente- las relaciones de pareja, el
amor o tener una determinada manera de sentir los celos.
La mujer ha sido socialmente objeto de intercambio (en determinado
momento histórico era la norma que las familias de la nobleza “entregaran” a
su hija en matrimonio sin consentimiento de la misma) a cambio de
poder, prestigio o dinero. La mujer del amor cortés (una producción
de los trovadores) era también una mujer objeto.
Pero esto que nos puede parecer algo del pasado sigue ocurriendo
actualmente, no sólo en la realidad material (en algunos países
las niñas siguen siendo vendidas por su familia) sino también
en la realidad psíquica, de tal manera que hay mujeres (o
todas las mujeres en algún momento) que se posicionan en este
lugar de objeto del deseo del hombre. En esta posición lo único
que importa es el goce de él, el goce de ella queda supeditado
al de él: si él goza, ella goza porque él goza.
En esta posición de objeto, a ella lo único que le
interesa es sentirse amada, no le interesan ni siquiera las características
de ese amor, simplemente buscan que alguien les diga que las ama.
Recogimos testimonios de mujeres maltratadas durante nuestra labor
analítica, estas frases están tomadas de ellos:
1) Una mujer que finalmente, después de 30 años de
maltrato físico y psicológico, denuncia al marido y
después dice: “No le denuncié antes porque le
quiero, y le sigo queriendo”.
2) Otra mujer después de ser golpeada, denuncia a su pareja
y días después acude a retirar la denuncia, cuando
el abogado le pregunta porqué lo hace, niega los hechos y
más tarde nos dice que ha retirado la denuncia porque lo ama.
Llamaría la atención de cualquiera esta persistencia
del amor a pesar del trato vejatorio que reciben.
Con respecto al amor, hay dos tipos de elección de objeto
amoroso. Una forma narcisista, en la que se elige según la
propia imagen de uno, y otra forma de apoyo o anaclítica,
en la que se elige según modelos parentales (un hombre o una
mujer que le recuerda al sujeto a su madre o a su padre).
Podíamos decir que en estos dos ejemplos, el amor que profesan
a sus parejas, es un amor narcisista, ellas no aman, sino que necesitan
ser amadas. Se quedan con ellos por miedo a perder el amor. Lo aman
en la medida en que sienten que él las ama.
Volviendo a la posición de objeto que la mujer toma a veces
en una relación, tenemos que tener en cuenta que eso es un
reducto histórico, a ella le resulta más fácil
mantener esa posición que adquirir una posición de
sujeto, de amante en lugar de amada. Poder expresarse en su singularidad
en lugar de en función de su pareja.
Con respecto al objeto erótico, en el acto de amar, el objeto
debería ser contingente, es decir: cuando se ama lo importante
es amar y no tanto a quien se ame, sin embargo, en este tipo de relaciones
se observa que el objeto se concibe como necesario, es como si pensaran
que ese es el hombre al que aman y no puede ser otro, hay una fijación
del objeto.
- Los celos:
Por parte de ellos, para maltratar física o psíquicamente
a una mujer hay que tener sobre ella un sentimiento de propiedad.
Aquí entra el problema de los celos, que es un desencadenante
del maltrato en muchos casos. Para sentir celos del otro, hay que
tener un sentimiento de propiedad sobre el otro. Si no se cree que
el otro le pertenece, no es posible que la relación con otras
personas: amigas, familiares, compañeros de trabajo... –muchas
veces sólo fantaseada- lleve a un sentimiento de celos tal
-con su correlato de agresividad- que se maltrate a la pareja.
Estas relaciones de pareja, son usualmente interpretadas por el agresor
como relaciones de pertenencia. “La maté porque era
mía” no es una frase al azar. Para llegar a la aniquilación
del otro, el agresor debe tener sobre la víctima un sentido
de pertenencia, de propiedad. Pero lo que nos pertenece son las cosas.
El concepto de propiedad privada, relativamente reciente en el devenir
histórico humano, no puede ser, desde que se abolió la
esclavitud, aplicado a los humanos, sino sólo a las cosas.
Sin embargo, sabemos que hoy en día sigue habiendo esclavos,
no sólo en los regimenes laborales, sino también en
las relaciones maritales. Es decir, que aunque como hecho social
se haya abolido la esclavitud, en la manera de pensar las relaciones
de muchos, sigue viva.
Hay muchos hombres que piensan que la mujer con la que están
casados, o con la que conviven, es suya, les pertenece, igual que
si fuera una cosa, un objeto. Y la situación es aún
más grave, ya que también hay muchas mujeres hoy día
que siguen pensando que pertenecen a sus maridos. Una mujer que sabe
que es libre, que no pertenece a ninguna persona en concreto, es
muy difícil que caiga en una situación de maltrato
mantenida.
- El narcisismo de las pequeñas diferencias:
Otra de las causas frecuentes del maltrato es consecuencia de una
concepción del amor aprendida en la familia primitiva (los
padres y hermanos del sujeto) y que se pretende repetir con la pareja.
Es lo que llamamos el narcisismo de las pequeñas diferencias:
cuando una pareja decide convivir, son dos “maneras familiares” que
se encuentran, y como es natural, cada uno piensa que su familia
es mejor que la del otro, las diferentes maneras de hacer, de pensar,
generan agresividad porque son vividas como una crítica, entonces
se entra en una dinámica de querer borrar las diferencias,
de querer abolir la singularidad del otro. Además, cuanto
más parecidos son los miembros de la pareja, más se
exacerba el narcisismo de las pequeñas diferencias, y como
a veces todo el empeño de ella es darle a él los gustos,
termina pareciéndose tanto a él que cada vez se exacerba
más este narcisismo de las pequeñas diferencias.
Conclusiones
abiertas
Como conclusiones para abrir caminos por donde se pueda
continuar la investigación, hemos arribado a las siguientes:
1) La posición que adquiere la mujer en las relaciones de
pareja en las que existe maltrato es una posición objetal.
2) Una mujer en posición de sujeto, es muy difícil
que caiga en una situación de maltrato.
3) Históricamente fue todo un proceso construir una posición
de sujeto para la mujer, individualmente, cada mujer debe conquistar
esa herencia producida por la historia.
4) De machismo inconsciente padecen tanto el hombre como la mujer
en algún momento de su constitución, así que
para poder ser otra cosa, también hay que trabajar el machismo
en la mujer. Atribuírselo sólo a los hombres impide
que sea procesado en las mujeres.
5) Es importante revisar las concepciones del amor y de las relaciones
de pareja porque en ocasiones pueden llevar a tolerar lo intolerable
a cambio de un poco de amor.
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14. De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad.
Jacques Lacan. Ed siglo XXI. 1976.
15. La Violencia de Género es la principal causa de muerte
o invalidez entre las europeas de 16 a 44 años, por encima
del cáncer o de las enfermedades coronarias. Ángela
Sierra González. Consejo Asesor de RCE (red de ciudadanas
europeas). Blog subvencionado por el Ministerio de Igualdad.
16. La querella de las mujeres: una interpretación desde la
diferencia sexual María-Milagros Rivera Garretas.
17. La diferencia sexual en la historia de la filosofía. Wanda
Tomassi. Ed. Narcea 2002.
Dra. Pilar Rojas
|